El arte del discernimiento espiritual

En la historia de la espiritualidad cristiana el discernimiento espiritual ha sido considerado el don absolutamente necesario para conocer la voluntad de Dios. Así lo dice Antonio, el padre de los monjes: «El camino más adecuado para ser conducidos a Dios es el discernimiento, llamado en el Evangelio ojo y lámpara del cuerpo (cf. Mateo 6, 22-23). Esto descubre todos los pensamientos del hombre y sus actos, examina y ve en la luz lo que nosotros debemos cumplir» (Cassiano, conferencias II, 2). Y los padres del desierto proclaman que «el discernimiento es la madre y la custodia de todas las virtudes», por eso dedican a él búsqueda y meditación, hasta hacerlo el objeto principal de su enseñanza a los discípulos. Son conocidos los textos de la tradición al respecto: Orígenes, Antonio y los padres del desierto, Evagrio, Juan Clímaco, en occidente Casiano, más tarde Ignacio de Loyola y, en el siglo pasado, Karl Rahner. Sobre este fundamento, ¿podemos hoy proporcionar algunas huellas para quien quiere ejercitarse en este arte esencial a la vida cristiana en el Espíritu? ¿Podemos delinear algunos criterio que guíen el discernimiento espiritual?

 

En primer lugar, el discernimiento es un don del Espíritu de Dios que se une a nuestro espíritu, y como tal va deseado e invocando por el cristiano. Es el Espíritu Santo quien desempeña un papel decisivo en todo el proceso de discernimiento, y quien quiere emprender tal camino debe pre- disponer todo en sí para que el Espíritu pueda actuar con su fuerza. Para cada cristiano la epíclesis, o invocación del Espíritu, es el preámbulo a toda oración y acción, en la conciencia de que la petición del Espíritu es siempre escuchada por Dios, como Jesús nos ha asegurado; «Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?» (Lucas 11, 13).

La capacidad de discernimiento, de elección, se da cada persona venida al mundo: es el discernimiento humano que procede de la razón y del intelecto. Pero el espiritual, que no viene de «carne y sangre» (cf Juan 1, 13), es una operación que tiene como protagonista el Espíritu. En el bautismo el cristiano recibe el don del Espíritu Santo, y esta recepción le permite conocer lo que viene de Dios, que humanamente puede parecer locura o ser escándalo, pero que a la luz del Espíritu aparece como sabiduría y poder de Dios (cf 1 Corintios 1, 22-25). Afirma Pablo: «Ni el ojo vio, ni el oido oyó, ni el hombre puede pensar que lo que Dios ha preparado para los que lo aman (…) lo ha revelado por el Espíritu; pues el Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios. (…) Nosotros hemos recibido un Espíritu que no es del mundo; es el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos los dones que de Dios recibimos» (1 Corintios 2, 9-10, 12).

Ni el ojo vio, ni el oido oyó, ni el hombre puede pensar que lo que Dios ha preparado para los que lo aman

 

El Espíritu Santo que desciende en el corazón de los creyentes les habilita a llamar a Dios «Abba» (cf. Romanos 8, 15; Gálatas 4, 6) y a tener el noùs, la mentalidad, el pensamiento de Cristo (cf. 1 Corintios 2, 16). Gracias a su «unción» (1 Juan 2, 20.27) —unctio magistra— es capaz de discernir la voluntad de Dios, lo que a él le agrada, su diseño sobre nosotros, y de conocer su amor gratuito que nunca es merecido, sino solo acogido.

 

La epíclesis y el consecuente descenso del Espíritu Santo nos lleva, como primer fruto al discernimiento de Jesucristo como Señor y Salvador. En su humanidad Jesús narró el Dios invisible (cf. Juan 1, 18): Él es «la imagen del Dios in- visible» (Colosenses 1, 15; cf. 2 Corintios 4, 4), del Dios que nadie ha visto nunca ni puede ver (cf. 1 Timoteo 6, 16), pero para reconocerlo es necesario acoger la operación con la que Dios alza el velo sobre Él y nos permite discernir en su carne frágil y mortal al Hijo de Dios, la Palabra eterna de Dios. Nuestros ojos podrían permanecer velados, sobre nuestros corazones podía permanecer un velo, también si escuchamos la Palabra de Dios contenida en las Escrituras (cf. Corintios 3, 12-17) y Jesús podría ser para nosotros ese signo de contradicción puesto por la caída y la resurección de las multitudes (cf. Lucas 2, 34). A esta operación de discernimiento de Jesús como hijo de Dios tienen derecho especialmente los pequeños, los últimos, como Jesús mismo exclamó con alegría y estupor: «Te doy gracias Padre, Señor del cielo y de la tierra porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien». (Mateo 11, 25- 26; Lucas 10, 21).

Si estas son las bases teológicas y de revelación del discernimiento, ¿cómo ejercitar el arte? Mientras que el discernimiento espiritual es un don del Espíritu que obra en nosotros, cada persona tienen en sí las facultades humanas que deben colaborar con Él. El Espíritu Santo actúa a través de nuestras cualidades intelectuales, por eso éstas se reconocen fácilmente para que el creyente pueda recibir tal don.

 

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