Una relación especial.

Es verdaderamente una relación especial y única la que une a Italia y la Santa Sede. Por razones históricas, naturalmete, pero también de carácter espiritual. Razones que han sido confirmadas y reforzadas por la visita oficial del Pontífice al Jefe del Estado italiano en el Quirinale, antigua residencia papal convertida en símbolo de la unidad del país. Razones radicadas profundamente, y que han encontrado un eco que resuena en la cordialidad evidente de este encuentro, último de una larga serie a lo largo de casi noventa años, y en la simpatía personal que une a Sergio Mattarella con Francisco, como recientemente el Presidente quiso subrayar durante su viaje a Argentina. Una patria lejana, «casi al final del mundo» dijo inmediatamente después de la elección el primer Papa americano, que al mismo tiempo en Italia se siente en casa. Reiteró efectivamente que aquí están sus raíces, mencionando con sobriedad y emoción: «Memoria grata hacia las generaciones que nos han precedido y que, con la ayuda de Dios, han llevado adelante los valores fundamentales: la dignidad de la persona, la familia, el trabajo». Y estos tres valores están «también en el centro de la Constitución republicana, que ha ofrecido y ofrece un estable cuadro de referencia para la vida democrática del pueblo» recordó Francisco. En continuidad con esta tradición humana y política es entonces posible orientarse también en el tiempo presente, ante escenarios preocupantes como el crecimiento del terrorismo fudamentalista, la dimensión mundial del fenómeno migratorio, el crecimiento del desempleo. Efectivamente, es «la dificultad de las jóvenes generaciones para acceder a un trabajo estable y digno, lo que contribuye a aumentar la desconfianza en el futuro», mientras «no favorece el nacimiento de nuevas familias y de hijos» dijo el Papa mencionando el grave y preocupante fenómeno del invierno demográfico que se extiende en buena parte de los países europeos. Y si ante las migraciones el Pontífice repitió que es «indispensable y urgente que se desarrolle una amplia e incisiva cooperación internacional», en su discurso el análisis se hizo severo y lúcido precisamente sobre el tema angustiante de la falta de trabajo, sobre todo para las nuevas generaciones. Aquí es «necesaria una nueva alianza de sinergias e iniciativas para que los recursos financieros sean puestos al servicio de este objetivo de gran alcance y valor social y no sean en cambio desviados y dispersos en inversiones prevalentemente especulativas, que denotan la falta de un diseño a largo plazo, la insuficiente consideración del verdadero rol de quien hace empresa y, en último análisis, debilidad e instinto de fuga ante los desafíos de nuestro tiempo». Un discurso, por ello, no solo institucional el que el Papa Francisco con riguroso respeto de los ámbitos propios del Estado y de la Iglesia, quiso dirigir al Presidente y por consiguiente a todo el país hablando de esperanza. Y confirmando la especial relación que une a Italia y la Santa Sede gracias al principio de laicidad, que definió «no hostil y conflictual, sino amistoso y colaborativo» y del cual las palabras de Mattarella y de Bergoglio son un ejemplo transparente.